martes, 30 de mayo de 2017

¿Quién soy?

Tengo veintisiete años y aún me inquieta esta pregunta: ¿quién soy? Lo sé, parezco un adolescente. A pesar de que haya dejado atrás la revolución de mis hormonas, me doy cuenta de que esa pregunta sigue siendo importante. No dudo de que nunca dejará de serlo. Seguramente, si llego a la vejez, podré seguir haciéndomela y no tendré una respuesta clara. Igual tú la tengas. Puede que hayas conseguido responderte alguna vez. Aunque algo me dice que es posible que te encuentres en la misma situación que yo. ¿Acaso alguno de nosotros ha podido responder siquiera con seguridad a la pregunta? Basta que intentemos pronunciar nuestro nombre para que la última letra haya borrado la presencia de la primera. Si nos detenemos en la imagen que de nosotros mismos tenemos en nuestra imaginación, la vida pasa rápido ante nuestros ojos sin que la hayamos vivido. Es un drama que nuestra mente esté tan separada de la vida que fluye más allá nuestras pupilas. Las imágenes que se reflejan en ellas nos encarcelan e impiden que nuestros deseos se proyecten más allá de nosotros mismos. Quizá podamos, al menos, expresarlos con palabras, escribir historias que podríamos haber vivido. Pero es tan triste imaginar lo que podría ser y no será nunca… Y si hemos vivido algo auténtico, valioso, ¿qué importa? A pesar de que lo guarde el recuerdo mi memoria no sobrevivirá mi muerte y tú, que lo viviste conmigo, seguirás mis pasos tarde o temprano. Entonces, ¿importará algo que hayamos sido alguien? ¿Lo habremos sido? ¡Es evidente que no! Sin embargo, ¡qué absurdo no ser nadie y poder preguntarse por la propia identidad!  ¿Qué sentido tiene enamorarse y que el otro no sea nadie? No podemos amar la nada. El amor grita un nombre. Reclama toda la vida del otro. No amamos a una pregunta sin respuesta. De modo que es necesario que pueda responderse. Pero… ¿cómo? Espera… Quizá hay que preguntarse quién puede responderla. Si me recojo en el claustro de mi conciencia, en el fuego del corazón, te encuentro allí, mi Dios. Es ahí donde la pregunta no se disuelve en la corriente de la vida y donde el tiempo no puede deshacer mi nombre como la tierra convierte los huesos en polvo. La pregunta resuena y vuelve a mí. ¡Qué necio soy al querer responderla! ¿Qué importa lo que yo crea que soy? ¡Soy solamente a la luz de tus ojos, no de los míos! Esta mirada pobre, vacía, que mira con ojos corporales, juzga las cosas del espíritu con palabras efímeras. Pero al menos me has dado la oportunidad de darme cuenta de ello. Es preciso ser ciego para poder verte y en tus ojos encontrar el reflejo de nuestro rostro. Ante tu mirada, ciego y desnudo, escucho tu Palabra y tus labios pronuncian mi nombre. Me dices que no importa lo que uno es, sino lo que uno será. Porque mi futuro es tu presente, tu ahora. En el futuro se escucha mi nombre. Tus labios me invitan a ser y a olvidarme de mi recuerdo, que es ignorancia. Es tu mirada la que conoce lo que era, lo que es y lo que será. Ya no recuerdo la pregunta. Me quedo callado, esperando y caminando hacia tu Palabra, que pronuncia mi nombre desde el Amor que nunca acaba y que siempre me reclama.

martes, 18 de abril de 2017

El don de la vida nueva


Desde la noche del pasado sábado, después de celebrar la Pascua, tengo en mi cabeza un pensamiento que me inquieta. No dejo de preguntarme el efecto y la actualidad de la acción de Jesucristo en nuestros días.

¿Acaso Cristo actúa ahora mismo –aquí, hoy– entre nosotros, en nuestras vidas? Al proclamar el Credo en la celebración litúrgica tuve la seguridad de que solamente puedo responder afirmativamente a esta pregunta. Cada vez que pronuncio las palabras del Credo resuena dentro de mí, detenidamente, la palabra Creo. Sí, lo creo. Es así. Al menos esa es mi experiencia.

¿Y cómo experimento esa creencia? Confiando. La confianza es la fuente de la fe. Al decir creo me dirijo a la Trinidad, a la Iglesia entera, a mí mismo y me pongo en las manos del Verbo. Dejo que su Palabra me transforme al aceptar el don de su sacrificio. Una donación divina que es difícil corresponder a ella. Pues la altura y la profundidad de la acción de Dios no están al alcance de la criatura. Sin embargo, el Verbo Encarnado nos ha dignado con la verdad de nuestra vida: ha demostrado que es posible vivir humanamente conforme al Creador y vivir según sus designios. En la Cruz Jesús asume, en cada Eucaristía, toda nuestra culpa, todo el peso de nuestros pecados, y paga el precio de nuestra condena, devolviéndonos la oportunidad de ser suyos, de ser perfectos: santos.

Pero no deja de intimidarme una acción tan magnánima de Dios. ¿Acaso confío lo suficiente en mí mismo para poder corresponder? ¿Podré estar a la altura del don de Dios? ¡Qué importa mi altura si Cristo ha resucitado, si ha dejado claro que la naturaleza humana puede volver a ser divina y fiel imagen de Dios!

Sí, es posible creer en ello. Es posible esperar. Porque Cristo ha abierto el horizonte del futuro con el amanecer de la vida nueva. Nos entrega el don del Espíritu Santo, que esperamos en Pentecostés. ¡Hay que pedirlo con fuerza y la sencillez de niños predilectos! Hay que atreverse a pensar como aquella chiquilla que miraba a Dios Padre sabiendo que era la niña de sus ojos. Porque eso es nuestra alma cuando se fía de Dios, el espejo límpido en el que el Creador puede reflejar el esplendor de su Gloria.


Esperemos la llegada del Espíritu Santo. Seamos fieles en la espera, pues nuestra fidelidad es el regocijo de nuestro Creador. Así, algún día, llegado el momento elegido, gozaremos de los cielos nuevos y la tierra nueva prometida… 

domingo, 9 de abril de 2017

La estrella de la noche

No te veo. A pesar de ello tu presencia es real. El fondo inagotable de la memoria hace que tu imagen se presente ante mi alma con más realidad que lo que tengo ante mis ojos. Tu mirada ha quedado grabada en ella como se fija la silueta de un anillo en una tablilla de cera. Aún siento tus cabellos entre mis manos. Cómo acariciaba –¿o acaricio?– tu cabeza con suavidad y en tu rostro se dibujaba esa sonrisa de paz, de plenitud, empapada por la oscuridad de la noche. Tus cabellos han hilado mi memoria confeccionando un manto sedoso con el que cubro mi alma cuando no estamos juntos. Puedo tenerte en mi corazón en todo momento, pasar de nuevo el manto por él y cubrirlo cuando siento el frío de tu ausencia. Esa es la esencia del recuerdo: re-cordare, representar en el corazón haciendo que lo que en apariencia no es ahora sea más real que yo mismo. Has hecho que mi memoria sea mi vida. La has elevado a la altura de la eternidad. Allí donde nada pasa. Allí donde todo es presente y donde el tiempo no puede erosionar tu imagen. Tu recuerdo se ha convertido en mi anhelo y me hace proyectar el futuro buscando los instantes que quiero compartir contigo para siempre. Te haces futuro, libertad expandida en el horizonte de una nueva vida que abre un abanico de momentos que serán infinitos y que se sucederán haciendo que en el tiempo acontezca la presencia de lo eterno. Tus cabellos, áureos, me han enredado y sólo así me siento libre, siendo esclavo de tu cariño, de tus caricias, de tus labios. Los que me besan y me hacen soñar. Esos que han fundido mi alma con la tuya y que me hacen sentirte cerca aunque estés lejos. Ya no hay distancia. Queda el tapiz de tus cabellos, que han confeccionado la imagen perfecta del amor y que contemplo una y otra vez en la altura y la profundidad de mi corazón… Lo has sacado del abismo y de la oscuridad. Ahora, el oro resplandeciente de tu melena lo ilumina y, en la noche, se convierte en la estrella de mi vida, MujerJoven.

jueves, 23 de marzo de 2017

MujerJoven


No me equivoqué. No. Tu mirada es el mayor acierto de mi vida. La mayor revelación. El mayor consuelo. Contigo es posible verse reflejado en tus pupilas grandes, puras, luminosas. Y tu sonrisa… ¿hace falta que hable de ella? Sin duda debo hacerlo. Cuando tus labios, tímidos, me regalan ese esbozo de felicidad, de futuro, tiembla mi alma. En ella se imprime, se graba a fuego, un presente que ya no pasará, un momento que le ha dado sentido a mi existencia. Sí, sentido. No me da miedo decirlo. ¿Por qué tenerlo? ¿Porque la vida es difícil? ¿Porque las circunstancias nos acorralan? ¡Y qué más da si podemos mirar al cielo! No dejes que tus ojos se saturen mirando a la tierra. Mira hacia arriba, a las estrellas, y deja que el infinito penetre en ti. En tu mirada se refleja toda la galaxia y aún cabe más en ella. ¡Qué importan las convenciones, el pasado, los mirones! Que miren, que envidien. Que sientan rabia, celos e ira porque ha sido posible nuestro encuentro. Porque eso es tu mirada, me he encontrado en ella, en ti. Una vez dije que en la mirada del otro encontramos nuestro origen y nuestro destino. Me inspiraba la literatura. Ahora lo grita mi corazón al contemplarte, cuando ocultas tu rostro con tu cabello, queriendo que lo busque y lo acaricie con mis ojos. Ya no es la imaginación, la fantasía, la ficción. Eres tú. MujerJoven. Mujer Libre. Mujer Fuerte. Hace años mi corazón me decía que la mujer me miraría y que sus ojos serían saetas certeras que atravesarían mi armadura. Ya no recuerdo si la tengo. Pues tu ternura ha desvelado mi interior. Contigo soy vulnerable, frágil. No me da miedo decirlo, porque me siento seguro. Esa inspiración tenía tu nombre. El nombre de la Mujer Bella, la MujerJoven. ¿Buscar? ¿Más? ¿Dejar pasar? ¡En modo alguno! Respirar, sentir paz, olvidar y soñar… contigo.

lunes, 6 de febrero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (III)



Ha llegado el momento –¡por fin!–  de afrontar el tema de la identidad. Después de las anteriores entradas, que trataban sobre la cultura y la verdad, toca tratar la identidad, que es tan importante tanto en la película como en nuestra vida cotidiana.
Siendo sincero, vuelve a intimidarme hablar sobre estas cosas tan cruciales. Quienes me conocen saben que igual no soy la persona más adecuada para hablar de identidad personal, porque incluso a mis veintisiete años adolezco un poco –o bastante– de ella (¿y quién no?). Sin embargo, como no voy a hablar de mí mismo, no tengo motivos para preocuparme. Os voy a destapar mis cartas para que veáis que no voy a hacer ningún truco de prestidigitación filosófica: para hablar de la identidad voy a hablar de Dios. Así ninguno podrá decirme que no le he advertido y que le he vuelto a hablar de lo mismo de siempre. ¡Qué le vamos a hacer! Quienes me conocen saben que siempre recurro a Él para pensar. No soy nada original al respecto. Pero es que cuando uno se encuentra con una realidad insondable es lo que pasa…
Espero ser lo bastante humilde para hablar de Dios. Porque si uno no lo es lo mejor es guardar silencio, ya que, como poco, hará el ridículo al hablar de Él. Me viene a la mente a este respecto la doctrina de Nicolás de Cusa sobre la coincidentia oppositorum, la coincidencia de los opuestos. En ella defiende el Cusano que en Dios lo máximo y lo mínimo coinciden. Cosa que a primera vista parece absurda. No obstante, si uno se para a meditarla con detenimiento no lo es. Por ello nos preguntamos: ¿cómo es posible que los opuestos coincidan? ¿Acaso la naturaleza de los opuestos no consiste precisamente en no coincidir? Efectivamente. Lo propio de los opuestos es oponerse. Pero cabe su coincidencia. Los opuestos coinciden máximamente. Lo máximo y lo mínimo coinciden en cuanto que ambos son máximos. Lo máximo es máximo máximamente y lo mínimo es mínimo máximamente (si lo mínimo no fuera máximamente mínimo, no sería lo mínimo). De esta manera, lo máximo y lo mínimo coinciden como máximos.
Así, espiritualmente, esta doctrina tiene fecundidad, pues quien es humilde máximamente se une a Aquel cuya realidad es inabarcable con la mente y el corazón humanos, que es Dios. Puede que por ello la Virgen fuera capaz adherirse perfectamente a la voluntad de Dios, pues la que se declaró esclava del Señor fue llamada por el ángel llena de gracia. No en vano, María significa la excelsa. En ella los opuestos coinciden sin contradicción. Podemos llamarla, por ello, Madre de Dios.
 Si nos fijamos en Jesucristo nos encontramos esa coincidencia al contemplarlo en la Cruz, pues en su cuerpo llagado se manifiesta la grandeza de su Amor y la bajeza del pecado, que es asumida por Él libremente para convertir nuestra fealdad en una nueva Belleza –su Rostro– que supera nuestra capacidad de raciocinio al cargar con la culpa de los delitos de todos los hombres (el Verbo Encarnado ha acabado con la oposición entre el Creador y la criatura: más que construir un puente entre ambos, ha confirmado que es posible la perfecta unión sin confusión de la naturaleza humana con la divina: la persona humana puede ser divinizada en la Persona del Hijo).
El espanto que produce el escándalo de la Cruz purifica nuestro corazón y lo transforma provocando en él asombro: solamente la voluntad omnipotente del Creador podía hacerse cargo del peso de la culpa de la criatura. Además, lo que más conmueve es ver que la voluntad divina se conjuga con la humana en la Persona de Jesucristo, que actúa también según la naturaleza humana y nos demuestra, como hizo María, que es posible decirle sí a Dios en plenitud a pesar de que el sufrimiento tense hasta el extremo las fibras más íntimas de nuestro ser y parezca que se desgarre como una tela.
Quizá dé la impresión de que nos estamos yendo por los cerros de Úbeda. No es así en modo alguno. Quienes hayan visto Silencio comprenderán que lo que se acaba de decir tiene que ver con la problemática del film. El padre Rodrigues es quien más padece la adolescencia de su identidad personal a causa del sufrimiento que le provoca el silencio de Dios y parece que vacila a la hora de aferrarse a la fe o abandonarla. En este personaje podemos encontrarnos con las dudas que asolaron al hombre moderno durante los siglos XVI y XVII. También al del XXI, por supuesto.
Casi me atrevería a decir que el padre Rodrigues es la representación del sujeto moderno: aquel que busca una certeza sobre sí mismo que le permita estar en posesión de lo indudable. Es decir, parece que busque, como Descartes, aquel punto fijo desde el cual deducir todo su sistema de creencias: el famoso cogito. No es casualidad que Descartes cursara sus estudios con los jesuitas en La Flèche. Por eso, este personaje de Silencio me parece un poco forzado, porque hay que ser muy kamikaze (nunca mejor dicho) para irse a Japón a evangelizar dudando sobre la propia creencia religiosa para ver si encuentras en ella algo indudable: con estos presupuestos eres el candidato número uno para ser el misionero apóstata del año. Si se suma a su duda que su maestro intelectual y espiritual puede haber abandonado su enseñanza, tenemos al sujeto moderno servido en bandeja de plata, pues ha perdido todo punto de referencia externo a él y tiene que buscarlo desesperadamente en algún sitio, ya sea fuera o dentro de sí: la ausencia de maestros es una de las condecoraciones que los modernos se atribuyen. 
Con todo, estaría siendo simplista si redujera las preocupaciones del padre Rodrigues a la duda cartesiana. Ahora bien, insisto en que es un personaje un poco forzado por ser excesivamente moderno o posmoderno. Lo cual en sí mismo no es malo, sino contemporáneo y puede que anacrónico, pues no es fiel a la Historia, sino que es una ficción histórica en la que se plasman las inquietudes culturales de nuestro presente histórico o la existencia particular del director del film, como dice Monseñor Munilla en su crítica. Es cierto que todo artista representa algo de sí mismo o deja un pedacito de sí en sus creaciones, pero quizá –y repito, quizá– no haya una intencionalidad maliciosa por parte de Scorsese al mostrar el tormento espiritual del padre Rodrigues y pueda ser tenido en cuenta para reflexionar sobre el tipo de espiritualidad que están viviendo los fieles. Tal vez sea responsabilidad de los creyentes el hecho de que la imagen de Dios en nuestro tiempo sea, entre otras, tormentosa y que ese silencio divino sea fruto de nuestra incoherencia cristiana y no una decisión del Creador. Además, en nuestra cultura se fomenta demasiado la dispersión interior que provoca la mera experiencia sensible. Estamos excesivamente atentos a los estímulos externos y a la emotividad fácil de la vivencia colectiva y no somos capaces de dejar que las aguas de nuestro corazón estén en calma para que pueda reflejarse la imagen de Dios en ellas. Razón suficiente para que la experiencia de la creencia religiosa sea tormentosa, porque sin relación íntima con el Creador en la oración no veo posible la unidad de la vida cristiana y el testimonio de fe se convierte en flatus vocis, palabras vacías.  
Volviendo al padre Rodrigues como representación del sujeto moderno, puede que lo que más le atormente sea la pretensión de sí mismo que guía la búsqueda filosófica y cultural de la Modernidad. Pretensión que acaba frustrada y que se manifiesta en la desesperación y en el absurdo que caracteriza la cultura posmoderna. Asunto muy amplio que daría para escribir otra entrada. Pero creo que sería alargar demasiado las cosas…
Ahora vamos a detenernos en la conversación entre Poncio Pilato y Jesús de Nazaret y preguntarnos su relación con Silencio, tal como dije al concluir la anterior entrada.
El diálogo entre Jesús y Pilato creo que es clave para entender que la fe cristiana es un problema político. Dejando a un lado el proceso fraudulento contra Jesús, que es sentenciado dos veces por el mismo delito y sin esclarecimiento de la veracidad de las acusaciones, si nos fijamos en las palabras que le dirige al prefecto romano podemos percibir la tensión filosófica que había entre ambos. Es como si Maquiavelo hablara cara a cara con Dios debatiendo sobre el poder político. Lo más sorprendente es que Jesús parece un idiota o alguien al que hay que temer, pues dice: «mi reino no es de este mundo» (Jn 18, 36).
¿Por qué parece idiota? La respuesta, a mi entender, es evidente: un hombre que cuyo reino no está situado en el mundo común de todos los hombres no tiene, de hecho, poder alguno. Ese hombre no es temible. Si, además, a pesar de ello, se atreve a seguir llamándose rey, solamente puede provocar en nosotros una carcajada como la de los legionarios romanos que posteriormente maltratan a Jesús. Pero el asunto no es tan sencillo. Un estratega como Pilato sabe que una idiotez puede convertirse en algo indomable, sobre todo tratándose de un prisionero judío. Roma tenía poder para conquistar territorios y someter a los pueblos. No obstante, parece que a Jesús no puede conquistarlo. Por eso intenta recurrir al escepticismo para ver si el prisionero abandona su postura y le pregunta: «¿O sea, que tú eres Rey?» (Jn 18, 37). Si nos fijamos, la pregunta es muy inteligente. Porque solamente alguien que tiene realmente poder puede poner en duda la potestad política de alguien que se la adjudica. A pesar de ello, hay algo que desarma a Pilato cuando Jesús dice: «Tú lo dices: yo soy Rey. Para esto he nacido y para esto he venido al mundo, para dar testimonio de la verdad; todo el que es de la verdad escucha mi voz» (Jn 18, 37).
En las palabras de Jesús hay algo que trasciende la fuerza militar de Roma. Pilato es consciente de ello y su pragmatismo político solamente le permite preguntar: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38). Lo hace como si su escepticismo fuera a librarle de la duda que ha cubierto su entendimiento al escuchar a Jesús. La verdad era un problema para Roma. Solamente el relativismo cultural podía concederle ventaja sobre los demás pueblos, pues lo que hizo grande a Roma fue su superioridad técnica y jurídica para solucionar problemas, no su capacidad para dar sentido a la vida de los ciudadanos del Imperio. Roma podía satisfacer los placeres carnales, no los deseos profundos del alma. Solamente el escepticismo hedonista que ofrecía podía acallarlos. La pregunta de Pilato está armada con todo el poder orgiástico de Roma. Por eso solamente puede intentar hacer cambiar de postura a Jesús condenándolo a la flagelación. Pues el convencimiento del preso puede ceder ante el dolor de su cuerpo magullado.
El proyecto cultural de Roma era grandioso. Ella buscaba lo común a todos los hombres: la muerte y el placer. Con ello Augusto logró acallar la autoridad del Senado romano y unificó el poder religioso-político en su persona. Él era el dominus y pontifex, señor y pontífice de Roma. Gracias al dominio de Augusto se logró la pax romana, símbolo de la victoria cultural de Roma, pues con ella unificaba lo que era diverso. El emperador representaba la unidad de la Naturaleza y del hombre. Roma se convertía así en la Urbe y en el Orbe. Desde entonces Roma es el paradigma de todo imperio político.
A pesar de ello, la verdad de la que habla Jesús fue un problema insoluble para el Imperio. ¿Qué poder podía tener Roma sobre aquellos que creían en la resurrección? ¿Qué hacer con quienes habían convertido aquello que representaba el terror de su poderío, la cruz, en el símbolo de su Dios, en el camino hacia el Reino de los Cielos? Visto con lentes ideológicas, puede representarse a Jesús como un libertador político. Pero es mucho más, esa visión es muy pobre. Porque Jesús hizo algo de más calado. El camino recorrido en su pasión, muerte y resurrección abrió una posibilidad vetada a Roma: Jesús atravesó la oscuridad de la muerte y dio credibilidad a su promesa de vida eterna. La muerte de Jesús y la vida nueva prometida no fueron una simple ficción de un rito de iniciación en algún conocimiento oculto reservado a unos pocos elegidos. Su muerte y su resurrección permitieron a todos los hombres tener una nueva esperanza más allá de esta vida, un conocimiento a través de la fe de la paz definitiva y auténtica, de la reconciliación verdadera del hombre consigo mismo y con Dios. La paz que ofrece Jesucristo enraíza en lo más profundo del corazón humano y hace que las “paces” que pueda construir el ser humano con su ingenio pierdan valor si no están basadas en ella. Pues como dice Erik Peterson: “la paz que busca el cristiano es una paz que no garantiza ningún césar, porque esa paz es un don de Aquel que está «sobre toda razón»”.
Por eso la fe en Jesucristo es un problema político y Pilato no lo ignoraba, de igual manera que tampoco lo ignoraban las autoridades japonesas cuando llegaron los misioneros europeos a sus tierras anunciando la nueva fe. Y es que ¿a qué altura queda el poder humano cuando se manifiesta el poder divino, que es señor auténtico de la vida y de la muerte? El silencio de Jesús ante Pilato invade su corazón con más fuerza que su escepticismo. A razón de ello, le pregunta: «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo potestad para soltarte o potestad para crucificarte?» (Jn 19, 10). Pregunta con la que el prefecto manifiesta la vulnerabilidad de su poder, porque realmente el dominado de Augusto no tiene poder sobre la vida humana: puede quitarla mas no devolverla. Además, Jesús tiene autoridad suficiente para contestarle: «No tendrías potestad alguna sobre mí, si no se te hubiera dado de lo alto» (Jn 19, 11).
El judeocristianismo desmantela el afán humano de someterlo todo y declararse un dios. La conciencia de la existencia del Creador y su aceptación es lo que libera al ser humano de pretender tomar las riendas de la Historia de manera absoluta y de construir un mundo a su medida, pues Aquel que ha puesto auténtica medida al Cosmos y al hombre es Dios: el signo inequívoco de ese poder de Dios es la Redención llevada a cabo por Jesucristo. El Resucitado manifiesta la omnipotencia divina con la claridad propia del verdadero amanecer de la Historia. Ante la magnitud de tal hazaña todas las utopías humanas quedan reducidas a la nada.
La identidad que otorga Jesucristo a aquellos que creen en su Persona es más radical que aquella que puede adquirirse dentro de cualquier sistema político. La política humana no puede perpetuarse más allá del tiempo. Antes bien, sucumbe al mismo: las ruinas del Imperio romano sirvieron para decorar las nuevas Iglesias para rendir culto al Dios que prepara el tiempo definitivo de la vida eterna. El Resucitado ha abierto el espacio de la metahistoria y permite adquirir, así, una identidad escatológica. Una identidad que está más allá del tiempo histórico y que no quedará reducida a una lápida funeraria. En la mirada de Cristo se refleja la identidad verdadera de nuestro ser y en su memoria eterna se guarda la palabra definitiva que manifiesta la esencia de nuestro nombre.
El Resucitado ha demostrado la veracidad de su sacerdocio y ha desmontado el sistema sacrificial de toda religión humana. Él ha realizado el auténtico sacrificio. El sacrum facere, el hacer sagrado que significa la palabra sacrificio, se manifiesta en la Resurrección, pues Jesús es la víctima agradable a Dios que restaura de nuevo y paga toda deuda con la divinidad. Así se logra, de manera definitiva, la separación entre política y religión y se libera a las autoridades políticas de la tentación de declararse iguales a Dios.
El asunto no ha perdido actualidad. Después de más de dos mil años aún se buscan símbolos que sustituyan el symbolum fidei del Credo cristiano y que hagan creer al ser humano que puede declararse dios y desarrollar un plan de salvación al margen del Creador. El problema es que cuando se llevan a cabo esos planes no basta con una víctima sacrificial y las cifras de los muertos ascienden hasta el nivel del genocidio, adquiriendo la categoría de crimen contra la humanidad.
En mi opinión, este problema está presente en el film de Scorsese. Puede que no sea el eje del argumento, pero es claro que no es baladí. Asimismo, creo que la radicalidad de la experiencia de la fe y la identidad escatológica que proporciona no se perciben en el personaje del padre Rodrigues ni en los mártires japoneses. Y creo que ello se debe a la superficialidad espiritual de la cultura moderna, que ha olvidado cuán hondo pueden penetrar aquellas razones del corazón que la razón no entiende, como expresó Pascal. Quizá haya que recuperar la sabiduría del corazón para comprender el misterio de la fe y tener experiencia de ese Dios que es Padre y cuyos silencios son un don y no un tormento. Pero claro, confiar en las promesas divinas no es fácil y atreverse a hacerse pequeño es demasiado costoso. Habrá que caer en tierra y morir como un grano de mostaza… Así experimentaremos cómo lo máximo y lo mínimo coinciden, tal como decía Nicolás de Cusa. Estoy convencido de que para emprender este camino hay que aprender a ser como María

martes, 24 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (II)



Seguimos nuestra reflexión a partir de los problemas a los que se enfrentan los padres jesuitas en Silencio. La semana pasada concluimos dejando pendiente la cuestión de la verdad. Antes de empezar tengo que decir algo bien claro: ¡qué temor me infunde hablar de ella! Durante los últimos días me he parado a reflexionar sobre el asunto y me he dicho: “Rafa, ¿te das cuenta de lo arriesgado que es hablar de la verdad? ¿Acaso la conoces lo suficiente como para decir «la verdad es esto»?”. A decir verdad, tengo que contestarme diciendo que la ignoro. ¡No conozco la verdad! ¡No la poseo! Así que no esperéis que mi dedo índice os indique dónde está ni qué es.

No obstante, no voy a engañaros: la verdad es un asunto que me preocupa. ¡Por algo he estudiado filosofía! Si no estuviera buscándola no habría dedicado cuatro años de mi vida a sacar un título universitario que me ayude a satisfacer esa curiosidad que inquieta mi corazón con tanta insistencia. Así que tengo que decir que me parece absurdo amar algo que no existe. Como me parece absurdo y la vida es muy corta para dedicarla a cosas absurdas, ¿voy a dedicarme a amar algo absurdo? ¡De ninguna manera!

No sé si habéis leído a Nicolás de Cusa. Es un filósofo divertidísimo y profundo. Escribió un texto titulado Diálogo sobre el Dios escondido. En él dos hombres hablan sobre el conocimiento de Dios. La escena comienza con un momento enternecedor: un pagano encuentra a un cristiano de rodillas. El pagano observa que unas lágrimas de gozo surcan el rostro del cristiano. Entonces, le pregunta qué está haciendo. El cristiano le responde que adora. Al preguntarle de nuevo el motivo por el que está adorando, el cristiano le dice: “porque ignoro”.

¡Qué respuesta tan brillante! Cuando leí las palabras del cristiano en el diálogo me emocioné. Pensé en todas las veces que había enfocado el conocimiento como un logro propio y cómo eso te lleva a la arrogancia y la soberbia. En cambio, la actitud del cristiano es diferente: porque conoce sabe que ignora y su saberse ignorante le permite ser humilde y ponerse de rodillas. Esta actitud es muy diferente de la de aquellos que entienden que el conocimiento es dominio y transformación del mundo. Aquella que dice que el hombre es la medida de todas las cosas, como hemos visto al hablar de la cultura.

El conocimiento puede verse de dos maneras, entonces. Podemos hablar de ese conocimiento que dice: “conocer es poder”. Y también podemos expresarlo así: “conocer es adorar o amar”.

Como se puede intuir, me inclino más por la segunda manera de entender el conocimiento. Mi propia experiencia personal me lleva a verlo así. Para mí la filosofía es aprender a ponerse de rodillas. Creo que es una manera muy adecuada para encaminarse hacia la verdad.  Te permite abrirte a ese espacio en el que puedes ser interpelado por ella. Pues la verdad es tímida y delicada, silenciosa, y cuando buscas dominarla con tus palabras se escapa, dejando en tu corazón una desazón. En cambio, si te haces un poco niño, si dejas que su resplandor brille en tus pupilas, las palabras para expresarla acarician tus oídos y puedes, con sutilidad, decir algo sobre ella hasta donde te permite. Pero para percibir ese resplandor suave que no hiere la pupila hay que dejar que te ciegue y que solamente el amor a la verdad ocupe tu corazón, porque es una amante celosa y no muestra su belleza a aquellos que no se vacían por completo de los deseos que te conducen a cosas que no son ella misma…

¿Se comprende, entonces, por qué la verdad me enamora? ¡Ay! ¡Pero no escribo esto para hablar de mí mismo, sino para hablar de ella! Disculpadme si me he desviado demasiado del asunto que nos ocupa ahora, pero es que uno se sube a su nube y se despista…

No voy  a ocultar mis intenciones. Quiero llevaros hacia donde creo que la verdad se encuentra, si es que podemos decir que está en algún sitio… He estado pensando en los diferentes modos de orientarse hacia ella. Se me han ocurrido tres sentidos para expresar la verdad. No espero que os satisfagan por completo ni pretendo lograr agotarla. Pero, si me permitís, os escribo cuáles he pensado: uno, el horizontal; otro, el vertical; el último, el nuclear. El primer sentido de la verdad es aquel que entiende la verdad como aquella expresión que es fiel a lo que percibimos en el mundo. Es decir, es ese sentido tan aristotélico que la entiende como la adecuación del intelecto y la cosa. Así somos fieles al lenguaje y lo entendemos como expresión y comunión de nuestro intelecto y el mundo conocido. Alguno dirá que es una manera ingenua de pensar las cosas, pero es que para ser filósofo hay que ser un poco niño… El sentido horizontal de la verdad permite entender la cultura como aquello que hace inteligible el mundo, es decir, que permite leer dentro (intus legere) del mundo, incluso de la Naturaleza, y penetrarlo, sacando a la luz la esencia de las cosas. Esta experiencia de la verdad es manifestativa.

A partir de lo horizontal, es posible advertir lo vertical, que nos conduce a aquello que es más allá del conocimiento de la esencia de las cosas. En el sentido vertical de la verdad se trasciende el conocimiento y se advierte lo que está por encima de él: los primeros principios de la realidad, aquellos que tradicionalmente se han conocido como metafísicos. Pero para llegar a ese nivel hay que desaferrarse de la seguridad que ofrece el conocimiento no metafísico y olvidarse de uno mismo. Hay quien lo define como un acto de generosidad, pues aceptar los primeros principios supone hacer una reverencia intelectual y disponerse a estar abierto a ellos. Creo que este sentido de la verdad es muy importante tenerlo en cuenta para analizar el problema de las culturas en Silencio, porque cuando vi cómo los padres jesuitas debatían sobre la manera que tienen los japoneses de entender la divinidad me di cuenta de que quizá el problema de fondo no era religioso, sino filosófico: en Japón no había Metafísica, sino, a mi entender, filosofía de la Naturaleza y, por tanto, no tenían, efectivamente, un conocimiento intelectual de Dios como se daba en la tradición filosófica de Europa. Por ejemplo, cuando Tomás de Aquino elabora sus cinco vías metafísicas para la demostración de la existencia de Dios insiste en decir que en Metafísica se lo demuestra como principio y al concluir la argumentación de cada una dice: “y a esto llamamos Dios”. Es decir, que no confunde el acceso a Dios como principio desde la razón filosófica con la experiencia de Dios desde la fe. No es casual que el jesuita en el que está inspirado el padre Ferreira se empeñara, a pesar de haber apostatado, en explicar la ley natural a los japoneses en su propio lenguaje. Quizá sea cierto que evangelizara en secreto y con astucia…

La generosidad nos otorga una ganancia. Se hace posible alcanzar el sentido nuclear de la verdad. Este sentido es el que tiene que ver con nosotros mismos, con lo que nos es más íntimo. Aquel que responde a las preguntas profundas de nuestro corazón. Aquí no nos ocupamos del mundo ni de los primeros principios, sino de aquello que interpela nuestro ser y nos hace preguntarnos quiénes somos. En el núcleo de nuestro ser se acompasan las inquietudes filosóficas y la fe. Es decir, aquí el Dios que se conoce como Origen de nuestro ser se escucha como Palabra. La verdad, pues, tiene que ver con nosotros. En vez de ser expresada, se expresa. En vez de conocer, somos conocidos. Esto es posible, precisamente, porque la verdad es una persona y no una mera idea. Por ello, la aceptación de esta verdad es a su vez una donación de nosotros mismos, pues nos entregamos a esa verdad que convoca nuestra libertad más allá de los planes que podíamos haber hecho antes de encontrarla. Esta verdad, que es más alta que la vertical porque es más profunda, nos da la oportunidad de destinarnos y de entregarnos. Porque aquí aceptar es darse y esta dación de uno mismo transforma nuestro ser en auténtico amor capaz incluso de llegar a la muerte, al martirio. ¿Cómo? Porque nos han amado primero (Jn 4, 19). Es una experiencia radical de conocimiento y de amor que se nos da habiéndola buscado y esperado, pero sin que pudiéramos preverla. Es así de novedosa. ¡Nunca te permite aburrirte!

Ahora es cuando podría decirme alguien: “¡Te equivocas, Rafa! ¿Cómo que no aburre? ¿Cómo te atreves a decir eso si precisamente estamos tratando la cuestión del silencio de Dios? ¿No es ese el problema del film? ¿No es nuestro problema? ¿Qué puedes contestar a esto?”.

Desde luego, quien me preguntara esto me pondría en un aprieto. De todas formas, voy a intentar responderle. Efectivamente, Dios guarda silencio. Esta experiencia puede quitarnos la paz y llevarnos a pensar que esa experiencia liberadora y gozosa del Creador era un sueño o una ilusión. No obstante, no nos engañemos: las afecciones que deja en el alma la experiencia de Dios son más intensas y se imprimen en la memoria con más fuerza que cualquier experiencia terrena. Esas afecciones resuenan en nuestro interior aun cuando parece que han desaparecido y solamente queda el ruido del mundo exterior. Pero no es así en modo alguno. Esa afección deja un hueco o una herida dulce en el alma que purga nuestro corazón en los momentos de silencio o soledad y tiene un sentido. Es un plan de Dios en nuestra vida. Porque ¿no es cierto que Dios nos lleva al desierto para probar nuestra fe? Y en el desierto ¿no dudan hasta los elegidos de Dios? Sin embargo, no podemos esquivar al Creador cuando tiene planes para nosotros. Y sabemos que, después de la Encarnación del Verbo, los tiene para todas las personas sin excepción. Incluso para nuestra sociedad posmoderna. Puede que el martirio de los cristianos japoneses y el tormento de los padres jesuitas en el siglo XVII den frutos ahora, en pleno siglo XXI. No somos quiénes para juzgar los silencios de Dios…

Por eso, en el silencio de Dios debemos recordar las palabras de San Pablo, que nos decía que no debíamos ser niños en el uso de la razón (Cor 14, 20). Al cristiano se le exige ser razonable. Es decir, que debe esforzarse en comprender e inteligir la voluntad divina, incluso cuando esta parece haberse ausentado. El mismo San Juan de la Cruz, que es maestro de vida espiritual y de seguimiento de Dios en la oscuridad de la fe, dice: “más agrada a Dios el alma que con sequedad y trabajo se sujeta a lo que  es razón, que la que, faltando en esto, hace todas sus cosas por consolación”.

¡Qué perdidos estamos si solamente seguimos a Cristo por consuelo sentimental! ¿Qué pasa, entonces, cuando nos pide ser pequeños cirineos y cargar con la Cruz? Como decía, creo que el silencio de Dios nos fortalece, nos prueba y nos obliga a ejercitar nuestras virtudes, sobre todo nuestra paciencia, nuestra humildad y nuestra prudencia para que el amor que le demos a Dios y a los demás sea sereno y maduro, no fruto de un arrebato o de una chispa que se apaga rápido como una cerilla.

¿Cuál es, pues, el principal fruto del silencio de Dios? Creo que es la libertad. Así buscamos y aceptamos la verdad divina con madurez. La verdad, por ello, es para el cristiano una invitación a la calma y a la contemplación. Nos obliga a ejercitar nuestra inteligencia y a estar abiertos a aquello que no podemos dominar, que, a fin de cuentas, es el mismo Dios. Nos permite comprender Quién es el Creador y nos aceptamos como criaturas, cosa nada fácil… De esta manera, la verdad nos aleja del fanatismo político o del religioso y nos libera de la irracionalidad de las utopías o del nihilismo. Gracias a ella tenemos noticia de algo que es valioso y elevado en sí mismo. Ese valor que no es cuantificable y que está por encima de aquella concepción de la razón que reduce el conocimiento a lo meramente cuantitativo y, por ser intangible, libera a la voluntad de creerse dueña, capaz de tiranizar aquello que no es ella misma.

Entonces, la verdad es la condición de posibilidad de la libertad, pues al ser aceptada la eleva al ámbito donde no puede ser sometida por el poderío de los tiranos ni por el precio de los corruptos: la verdad es el baluarte de la libertad humana. Por eso preocupa tanto a aquellos políticos que buscan sedar nuestra voluntad, porque una persona libre, que vive en un plano que no es manejable por las artimañas del poder, es un problema político. Algo que podemos ver perfectamente en el film de Scorsese… No es casual que la pregunta que dirigió Poncio Pilato a Jesús de Nazaret fuera esta: «¿Qué es la verdad?» (Jn 18, 38).

Como se ve, el asunto da de sí. Siento haberme extendido tanto, pero creo que el tema lo merecía. He decidido cortar por lo sano la reflexión para que quede en la imaginación la escena de Pilato y Jesús. A partir de ella creo que voy a sacar a la luz el tema de la identidad, que es tan importante en Silencio. Si has llegado otra vez hasta aquí, agradezco, de nuevo, tu paciencia. Espero que nos encontremos en la próxima entrada.

¡Hasta la próxima lectura!

domingo, 15 de enero de 2017

Cultura, verdad e identidad en ‘Silencio’, de Scorsese (I)



La semana pasada publiqué una entrada comentando algunas consideraciones sobre el último film de Martin Scorsese, Silencio. Dije que recomendaba que se viera porque te ayudaba a cuestionarte cosas sobre la fe cristiana y que era muy provechosa para el debate. Es decir, que en el film se plantean algunas aporías antropológicas que invitan a la reflexión, a profundizar en lo que sabemos y no sabemos.
Esa es la razón por la que me pareció muy fructífera, porque despierta nuestra inteligencia cristiana para solucionar los problemas culturales de nuestro tiempo. Digo que son de “nuestro tiempo” porque creo que de hecho lo son. Las dudas sobre las culturas que se plantean los padres jesuitas en el film me parecen demasiado contemporáneas, demasiado posmodernas. No me imagino a un jesuita atravesando el Océano Pacífico en el siglo XVII y reflexionando sobre la tolerancia de las diferencias culturales mientras arriesga su vida en nombre de Jesucristo. Me parece, más bien, la actitud de un misionero en el siglo XX o XXI. O, puede, la de un teólogo sentado en el sillón del despacho de su facultad en alguna capital europea.
Sin embargo, sean o no reflexiones de una persona curtida por la dureza de su acción misionera o de un intelectual acomodado en Europa, no se puede negar que el problema del relativismo cultural no es ajeno a nuestras vidas. En nuestro día a día nos encontramos con preguntas parecidas a las que se hacen los padres jesuitas en Silencio y también experimentamos la ausencia de Dios en muchos momentos. Lo cual puede llevarnos a identificarnos con ellos y con su sufrimiento. Pues ¿no nos invita una y otra vez nuestra cultura, con su superficialidad y con su frivolidad, a negar a Dios, a hacer una apostasía callada, y a sumarnos a ese relativismo que niega la existencia de la verdad, a fin de cuentas, que niega que Jesucristo sea la Verdad? Yo diría que sí.
Por eso me he decidido a escribir esta entrada y tratar algunos puntos que creo importantes: la cuestión de la cultura, la de la verdad y la de la identidad personal. Tratamiento que será insuficiente, porque no creo que se puedan resolver estas aporías en profundidad con la entrada de un blog. Así que me disculpo de antemano por si mis razonamientos son demasiado burdos.
Una de las dudas que más inquietud suscita la película es la de la comunicabilidad entre las culturas. Parece que sea imposible trasmitir el conocimiento de Dios propio de la fe cristiana de los españoles y portugueses a los japoneses por las diferencias lingüísticas, sociales y políticas. La duda es muy interesante, pues forma parte de la historia cultural de Europa. Si nos trasladamos a la Atenas del siglo V a.C. podemos encontrarnos a Sócrates debatiendo con los sofistas los problemas de la relatividad de las culturas. El hombre más sabio de Grecia también se preocupó por averiguar si era posible conocer la verdad en un mundo empapado por diferentes culturas.
El sofista Protágoras afirmaba que el hombre es la medida de todas las cosas, es decir, que con su cultura medía el mundo que le rodeaba y que él creaba. Lo que podía llevar a la conclusión de que el hombre, con su cultura, podía llegar a medirse a sí mismo, a definirse a voluntad, negando la existencia de una realidad humana que anteceda a la producción cultural del ser humano. Por su parte, Gorgias, también sofista, afirmaba, entre otras cosas, que el lenguaje no manifestaba la esencia de lo que se conoce, es decir, que las palabras no traen a la luz la verdad de aquello que conocemos, porque aunque fuera posible conocer el ser de las cosas, no podría comunicarse.
La afirmación de Gorgias no deja de ser problemática, pues atenta contra la misma esencia del lenguaje. Parece como si el lenguaje, que nace con la intención de manifestar el mundo, oculte la realidad con las palabras. Algo así como si se afirmara que el lenguaje expresa que no puede expresarse o que expresa que no expresa nada ajeno a él. Una contradicción que manifiesta el absurdo de tal postura. Si el lenguaje creara el mundo al que se refiere, él mismo no sería necesario.
La intención de verdad y de realidad extrínseca al lenguaje mismo es su esencia manifiesta. Si el lenguaje fuera autorreferente, ¿qué sentido tiene que exista? Ninguno. Así, si el conocimiento humano resultara del lenguaje, no habría lenguaje. ¿Para qué? ¿Cómo va a empezar una palabra, siquiera una letra, si no hay nada que expresar? No he visto a ningún niño diciéndole a su padre cómo hay que comenzar a hablar. Si se afirma que el conocimiento es resultado del lenguaje se afirma que el progreso científico es imposible: aún continuaríamos en las cavernas, pues continuaríamos encerrados en los supuestos lingüísticos previos al conocimiento científico. Casi me atrevería a decir que el relativismo es el enemigo número uno del progreso…
Si realmente estuviéramos sumergidos en el lenguaje y la cultura de tal modo que no pudiéramos salir a la superficie por encima de ellos, ¿seríamos capaces de establecer la diferencia entre las culturas? ¿Podríamos ver la riqueza de cada una y comprender por qué somos diferentes? En el film hay una conversación que versa precisamente sobre este asunto. Pues se ponen de manifiesto las diferencias del concepto de Dios en el cristianismo y en la cultura japonesa. Lo divino en Japón no trasciende la realidad de la Naturaleza. Es la Naturaleza misma, mientras que el Dios cristiano trasciende la realidad del mundo natural y la nuestra. Al establecer esa diferencia ¿no se manifiesta la comprensión de las dos culturas? ¿Es tan radical la realidad de la cultura y del lenguaje que es imposible ver más allá de ellos? Parece que no.
A decir verdad, el relativismo radical hace imposible la tolerancia de aquello que difiere de nuestra cultura, pues es visto como algo irreconocible, extranjero, monstruoso. Si no podemos conocer más allá de nuestro lenguaje y los extranjeros tampoco, solamente queda una palabra para aquel que no es o habla como nosotros: es el bárbaro o enemigo. A ese enemigo solamente queda someterlo con la fuerza y la violencia, pues es el único lenguaje que puede entender, tal y como defiende Calicles, el discípulo de Gorgias, en uno de los diálogos de Platón.
El discípulo del sofista entiende que la razón del Derecho es la fuerza, el sometimiento, pues no cabe establecer la ley política desde el razonamiento y la comprensión, sino con la conquista. Pero si esto es así, ¿podemos hablar de ley alguna? ¿No es esta una defensa clara de la ley del más fuerte? Si solamente tenemos la fuerza, ¿podemos hablar de Derecho? Precisamente los Derechos Humanos permiten a las minorías defenderse de la fuerza de la mayoría y al individuo del poder del Estado. Si no hubiera algo superior a la fuerza y que trascendiera la cultura, sería imposible hablar de Derecho, a mi modo de ver. Y eso que trasciende la cultura y la fuerza es el mismo ser de cada persona, el cual decimos que es digno y, por tanto, merece respeto y puede exigir al Estado no ser sometido. ¿Podríamos haber llegado a esa conclusión en Europa, que es la cuna de los Derechos Humanos, si el lenguaje estuviera encerrado en su propia lógica y no atendiera a lo que es externo a él? Solamente podemos ver la dignidad de la persona si es posible conocer la irreductibilidad de su ser, cosa incomprensible si se establece que el hombre es medida de todas las cosas, pues es capaz de medir incluso al hombre y definirlo como una cosa. ¡Y cuando digo hombre me refiero tanto a la mujer como al varón!
Si el ser humano quedara encerrado en su cultura, nunca podríamos juzgar las acciones de los hombres. Los crímenes cometidos en los campos de concentración nazis habrían sido una mera anécdota histórica relativa a un régimen político que se atrevió a pensar que el hombre es la medida de todas las cosas, incluso del ser humano, y actuar en consecuencia. No nos invadiría el horror al contemplar las imágenes de otros seres humanos tratados con una brutalidad miserable.
La radicalidad del relativismo cultural, por tanto, nos lleva a concluir que no hay nada digno, ni siquiera el ser humano, pues si el valor de la vida humana depende de las circunstancias de cada contexto cultural, no podemos inmiscuirnos en los asuntos morales o jurídicos de cada cultura. Por tanto, aceptamos la barbarie como situación propia de las culturas y establecemos la ley del más fuerte como configuración necesaria de las relaciones entre los hombres (pues incluso para el pacto o consenso social hace falta un Estado lo suficientemente fuerte que nos intimide y nos obligue a pactar).
De todas formas, a pesar de que el relativismo nos lleve a situaciones morales complejas, no deja de ser un hecho ahora mismo y en el siglo V a.C. Igual que lo fue en los comienzos del cristianismo. Sin embargo, ¿es un problema insoluble para un cristiano? ¿Cómo se puede abordar esta cuestión desde la fe? En primer lugar, atendiendo a la realidad divina. Si el Ser de Dios es producto de nuestro lenguaje, solamente queda sentarse en la mesa del relativismo y compartir, en la medida de lo posible, nuestras palabras sobre lo divino para ponerlas en común para hacer un poco de arqueología cultural. Pero creo que esa no es la experiencia ni del judío ni del cristiano. El Dios al que se refieren ambos no es un Dios que ha manifestado el hombre con sus palabras, sino que Él mismo ha tomado la iniciativa y se ha servido del lenguaje humano para revelarse. Es decir, en la conciencia judeocristiana está presente la realidad divina como algo que no depende de sus obras ni de su producción cultural, sino que Dios es el Creador del hombre y no al revés. El Ser de Dios antecede toda producción humana, toda cultura. En segundo lugar, en la conciencia cristiana, además, está presente el mandato de Jesús de ir a todos los pueblos a anunciar el Evangelio. El cristiano sabe que es posible superar las limitaciones de la cultura, pues a la Palabra Creadora no se le escapa el significado de ninguna palabra humana y puede acceder a la realidad que guardan todas las lenguas, realidad de la que no es dueña la criatura, sino el Creador, porque es el Señor. De ahí que los Apóstoles recibieran en Pentecostés el don de lenguas y pudieran ser entendidos por gentes de diferentes pueblos. Señal inequívoca de que la comprensión de Dios no quedaba limitada a la lengua hebrea y que su conocimiento podía ser expresado en lenguas extranjeras. Pues gracias a la fe en Jesucristo «ya no hay diferencia entre judío y griego, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer, porque todos vosotros sois uno solo en Cristo Jesús» (Ga 3, 28). La acción del Espíritu Santo trasciende los límites de la cultura, incluso los de la japonesa...
Queda manifiesta, por tanto, la cuestión que sale a la luz cuando se habla de aquello que trasciende la cultura, que es la verdad. Cuestión que abordaré en una segunda entrada, porque me parece que esta ya ha sido demasiado extensa.
Si has llegado hasta aquí, te agradezco sinceramente tu paciencia. Hasta la próxima lectura.