martes, 18 de abril de 2017

El don de la vida nueva


Desde la noche del pasado sábado, después de celebrar la Pascua, tengo en mi cabeza un pensamiento que me inquieta. No dejo de preguntarme el efecto y la actualidad de la acción de Jesucristo en nuestros días.

¿Acaso Cristo actúa ahora mismo –aquí, hoy– entre nosotros, en nuestras vidas? Al proclamar el Credo en la celebración litúrgica tuve la seguridad de que solamente puedo responder afirmativamente a esta pregunta. Cada vez que pronuncio las palabras del Credo resuena dentro de mí, detenidamente, la palabra Creo. Sí, lo creo. Es así. Al menos esa es mi experiencia.

¿Y cómo experimento esa creencia? Confiando. La confianza es la fuente de la fe. Al decir creo me dirijo a la Trinidad, a la Iglesia entera, a mí mismo y me pongo en las manos del Verbo. Dejo que su Palabra me transforme al aceptar el don de su sacrificio. Una donación divina que es difícil corresponder a ella. Pues la altura y la profundidad de la acción de Dios no están al alcance de la criatura. Sin embargo, el Verbo Encarnado nos ha dignado con la verdad de nuestra vida: ha demostrado que es posible vivir humanamente conforme al Creador y vivir según sus designios. En la Cruz Jesús asume, en cada Eucaristía, toda nuestra culpa, todo el peso de nuestros pecados, y paga el precio de nuestra condena, devolviéndonos la oportunidad de ser suyos, de ser perfectos: santos.

Pero no deja de intimidarme una acción tan magnánima de Dios. ¿Acaso confío lo suficiente en mí mismo para poder corresponder? ¿Podré estar a la altura del don de Dios? ¡Qué importa mi altura si Cristo ha resucitado, si ha dejado claro que la naturaleza humana puede volver a ser divina y fiel imagen de Dios!

Sí, es posible creer en ello. Es posible esperar. Porque Cristo ha abierto el horizonte del futuro con el amanecer de la vida nueva. Nos entrega el don del Espíritu Santo, que esperamos en Pentecostés. ¡Hay que pedirlo con fuerza y la sencillez de niños predilectos! Hay que atreverse a pensar como aquella chiquilla que miraba a Dios Padre sabiendo que era la niña de sus ojos. Porque eso es nuestra alma cuando se fía de Dios, el espejo límpido en el que el Creador puede reflejar el esplendor de su Gloria.


Esperemos la llegada del Espíritu Santo. Seamos fieles en la espera, pues nuestra fidelidad es el regocijo de nuestro Creador. Así, algún día, llegado el momento elegido, gozaremos de los cielos nuevos y la tierra nueva prometida… 

domingo, 9 de abril de 2017

La estrella de la noche

No te veo. A pesar de ello tu presencia es real. El fondo inagotable de la memoria hace que tu imagen se presente ante mi alma con más realidad que lo que tengo ante mis ojos. Tu mirada ha quedado grabada en ella como se fija la silueta de un anillo en una tablilla de cera. Aún siento tus cabellos entre mis manos. Cómo acariciaba –¿o acaricio?– tu cabeza con suavidad y en tu rostro se dibujaba esa sonrisa de paz, de plenitud, empapada por la oscuridad de la noche. Tus cabellos han hilado mi memoria confeccionando un manto sedoso con el que cubro mi alma cuando no estamos juntos. Puedo tenerte en mi corazón en todo momento, pasar de nuevo el manto por él y cubrirlo cuando siento el frío de tu ausencia. Esa es la esencia del recuerdo: re-cordare, representar en el corazón haciendo que lo que en apariencia no es ahora sea más real que yo mismo. Has hecho que mi memoria sea mi vida. La has elevado a la altura de la eternidad. Allí donde nada pasa. Allí donde todo es presente y donde el tiempo no puede erosionar tu imagen. Tu recuerdo se ha convertido en mi anhelo y me hace proyectar el futuro buscando los instantes que quiero compartir contigo para siempre. Te haces futuro, libertad expandida en el horizonte de una nueva vida que abre un abanico de momentos que serán infinitos y que se sucederán haciendo que en el tiempo acontezca la presencia de lo eterno. Tus cabellos me han enredado y sólo así me siento libre, siendo esclavo de tu cariño, de tus caricias, de tus labios. Los que me besan y me hacen soñar. Esos que han fundido mi alma con la tuya y que me hacen sentirte cerca aunque estés lejos. Ya no hay distancia. Queda el tapiz de tus cabellos, que han confeccionado la imagen perfecta del amor y que contemplo una y otra vez en la altura y la profundidad de mi corazón… Lo has sacado del abismo y de la oscuridad. Ahora, el resplandor de tu mirada lo ilumina y, en la noche, se convierte en la estrella de mi vida.